"-Hazlo-.
Apenas un susurro, y sin embargo tan seco y vacío de emociones que helaba el alma.
Balem aferró con más fuerza la empuñadura de Ferighil, y sin embargo su brazo no se alzó ni un palmo.
- ¿A qué esperas?-insistió Edward-. Mátame. Tienes que hacerlo; lo sabes. Y yo lo deseo.
Chillidos. Allí, el lo alto del acantilado, los chillidos desgarrados de las gaviotas se elevaban por encima del rumor de las olas. El mar arrastraba los cuerpos de los hombres. Norteños o thinienses,lo mismo le daba al océano. Carroña para las bestias, alimento para los peces...
Balem apartó sus ojos de las aguas. El viento le tironeaba de la capa y revolvía sus cabellos.
- ¡Mátame!- tronó nuevamente el príncipe. Su rostro ensangrentado y sucio de sudor y barro se arrugó en una mueca de dolor, de rabia-. ¡¿A qué esperas, norteño?!
Un movimiento brusco, un crujido, y un surtidor escarlata al paso del filo de la espada. El cuerpo descabezado de Edward, Señor de Dôrminia y Príncipe de Thinar, cayó inerte sobre la hierba húmeda de Goldencliff."
Capítulo XX- Parte II- El Poema d los Cuervos-By me
martes, 7 de septiembre de 2010
viernes, 13 de agosto de 2010
CÁNTICOS DESDE HIBERNIA
Olas. Viento. Una melodía flotando en las brumas que llevan a la Isla... Un lamento lanzado al aire que se extiende, se eleva y viaja con las nubes grises sobre los campos verdes. El viajero pronto comprenderá... o tal vez no. El barco corta las olas con innegable valentía, henchidas las velas por el aliento de un dios viejo. Los acantilados se elevan allá a los lejos, imponentes muros que guardan una tierra mística y salvaje.
Y Ella espera, de pie en lo alto, tan bella y tan fría como siempre, revueltos los negros cabellos por el viento, clavados los ojos en el océano... Esos reveladores ojos azules, tan relucientes y hechizantes como el acero con que se forjó la espada del Caudillo, aquel al que llamaron el Pendragon.
Suena un arpa y una flauta responde, y al poco se entremezclan en la brisa con los dulces cánticos de los últimos moradores. Olas. Niebla. Lluvia. El agua cae con insistencia y purifica el bosque en que murió el último druida. Una melancolía casi palpable llega a través del aire húmedo y pesado de la tarde, embriagándote, penetrando en cada rincón de tu cuerpo y de tu alma maldita. Pero continúas. Ya queda menos, y la Isla se alza ahora como un ente vivo, poderoso y sugerente; te abraza y te engulle. Quedas envuelto en la bruma. Atrapado. ¿Acaso no es lo que quieres?
Bienvenido a Avalon
Y Ella espera, de pie en lo alto, tan bella y tan fría como siempre, revueltos los negros cabellos por el viento, clavados los ojos en el océano... Esos reveladores ojos azules, tan relucientes y hechizantes como el acero con que se forjó la espada del Caudillo, aquel al que llamaron el Pendragon.
Suena un arpa y una flauta responde, y al poco se entremezclan en la brisa con los dulces cánticos de los últimos moradores. Olas. Niebla. Lluvia. El agua cae con insistencia y purifica el bosque en que murió el último druida. Una melancolía casi palpable llega a través del aire húmedo y pesado de la tarde, embriagándote, penetrando en cada rincón de tu cuerpo y de tu alma maldita. Pero continúas. Ya queda menos, y la Isla se alza ahora como un ente vivo, poderoso y sugerente; te abraza y te engulle. Quedas envuelto en la bruma. Atrapado. ¿Acaso no es lo que quieres?
Bienvenido a Avalon
jueves, 29 de julio de 2010
LAS HUESTES DE THINAR
"El ciervo blanco en campo de gules del famoso Sir Calavher Eryl, el “Caballero Blanco”, ondeaba junto a los cinco soles de Sir Orhomec de Luvhiran, la doncella desnuda de Sir Francis Maiden, las barras rojas y blancas de Sir Andrew de Caravinia, el sabueso de Sir Ayrton “Rapabarbas” Blackstone, los dos leones blancos en campo de sable de Sir Dustin Löwe, las tres dagas de Sir Egbert Kurzschwert, el búho de Sir Ellery Euler, las bailarinas de Sir Branderis Fortenord, la serpiente de sinople sobre campo de oro de Sir Abelard de Torreblanca, el lobo de sable en campo de gules de Sir Alix Grategrand, el embrazado dorado y gules de Sir Kraedhil Laars, los grifos rampantes enfrentados en campo de plata de Sir Alberic “ Ojogrís” Lineland, la campana de Sir Trevor Darevonn, las cuatro cabezas de sierpe en campo azur de Sir Marc de Las Cuevas, el cuartelado amarillo y azur de Sir Hector de Obbermind, la banda de oro cargada con cotiza de negro de Sir Asil de Fabbies, la luna y la doncella sobre campo de sinople de Sir Tryemond Koller, las doce gaviotas blancas en sotuer sobre campo de azur de Sir Tuomas de Wolff, el castillo dorado de Sir Feolir de Wower, las estrellas de Sir Pableck Hayton … y muchos más.
[...]
De súbito, muchos cuernos retumbaron en la parte más alta de la cañada, y trompetas de plata les respondieron más abajo, levantando ecos que vibraron con majestuosidad en el claro día. Una columna de jinetes avanzaba al trote por la orilla, levantando salpicaduras de agua y cieno a su paso. Serían cerca de veinte hombres, todos ataviados con cotas de mallas y petos relucientes, y a su cabeza montaba una figura rebosante de grandeza, con un yelmo abierto de acero labrado y una capa de seda blanca que ondeaba a su espalda, como un leve susurro de primavera, agitada por la brisa. Unos espesos bigotes rojos le cubrían el labio superior a aquel hombre, y en sus ojos oscuros brillaba un fuego temible.
- ¡Abrid paso a Ivhalon, Señor de Galrhaen, Duque de las Llanuras!- gritaba uno de los jinetes, el que portaba el estandarte. Un orgulloso unicornio dorado era batido por el viento en lo alto de la lanza-. ¡Abrid paso al Primer Capitán!"
Capítulo X-Parte II-El Poema de los Cuervos-By me
[...]
De súbito, muchos cuernos retumbaron en la parte más alta de la cañada, y trompetas de plata les respondieron más abajo, levantando ecos que vibraron con majestuosidad en el claro día. Una columna de jinetes avanzaba al trote por la orilla, levantando salpicaduras de agua y cieno a su paso. Serían cerca de veinte hombres, todos ataviados con cotas de mallas y petos relucientes, y a su cabeza montaba una figura rebosante de grandeza, con un yelmo abierto de acero labrado y una capa de seda blanca que ondeaba a su espalda, como un leve susurro de primavera, agitada por la brisa. Unos espesos bigotes rojos le cubrían el labio superior a aquel hombre, y en sus ojos oscuros brillaba un fuego temible.
- ¡Abrid paso a Ivhalon, Señor de Galrhaen, Duque de las Llanuras!- gritaba uno de los jinetes, el que portaba el estandarte. Un orgulloso unicornio dorado era batido por el viento en lo alto de la lanza-. ¡Abrid paso al Primer Capitán!"
Capítulo X-Parte II-El Poema de los Cuervos-By me
viernes, 2 de julio de 2010
EL ÚLTIMO CABALLERO
"Yo caminé por la última senda, allí donde el Cielo cae sobre la Tierra. Yo nací del invierno, y el invierno murió en mi pecho. Mi espada derramó la sangre de cientos de hombres, de caballeros con armaduras esplendorosas y también de mujeres desarmadas y de niños de pecho. Yo rendí las fortalezas más orgullosas, y mi mano acabó con los reyes más grandiosos y con el más cruel de los tiranos. Nunca sentí el miedo, ni tembló mi brazo antes de asestar un golpe.
Y ahora la Noche regresa a mi alma... Y la angustia me apresa entre sus garras.
Si hay algo más allá... ¿qué va a ser de mí? Temo Su juicio. Temo Su perdón."
Anexo III- El Poema de los Cuevos- "De las memorias del último caballero"- By me
Y ahora la Noche regresa a mi alma... Y la angustia me apresa entre sus garras.
Si hay algo más allá... ¿qué va a ser de mí? Temo Su juicio. Temo Su perdón."
Anexo III- El Poema de los Cuevos- "De las memorias del último caballero"- By me
jueves, 17 de junio de 2010
Hewegne, última señora de Darkhall
Hewegne se inclinó sobre el estanque, tan sólo para contemplar el reflejo de sus ojos en las aguas oscuras. Todo parecía más bello allí, y el rumor de los cuernos y de las espadas parecía quedar más lejos, en otro mundo más negro y más frío.
Su rostro quedó roto de repente.
Había comenzado a llover. Las gotas caían pequeñas y punzantes, y quedaban atrapadas en sus cabellos y le bajaban por la cara como las lágrimas que ella no se había atrevido a derramar.
- Señora, debemos partir.
No había oído llegar a Hendrik. Al girarse vio al caballero con la armadura ensagrentada. Una herida en el hombro había teñido de rojo la parte superior de la sobrevesta blanca de Darkhall, y el visor levantado del yelmo dejaba al descubierto la aflicción y el cansancio en el semblante duro del anciano. Olía a sangre, a humo y a muerte.
-Sí. sí, claro- aceptó ella. "Pronto estarán aquí"- . Que Edrhin y Tuomas ensillen los caballos.
-Ya lo han hecho. Vayámonos.
Hewegne se levantó y se sacudió del vestido la hojarasca. Aún a su edad, Hendrik le sacaba más de una cabeza.
- Que los dioses me perdonen...- masculló. "No hay otra opción"-. Prendedle fuego a todo.
-¿Qué?
-Ya lo habéis oído.
- Pero,mi señora... La casa de vuestros padres...
"De mis padres, sí, y de William."
- He dicho que le prendáis fuego. Si los orkhdianos quieren el Norte, que se alimenten de cenizas. Jamás gobernarán en Darkhall. Quiero ver arder este lugar.
- Como ordenéis- aceptó apesadumbrado el caballero-.
El viento se levantó en el este, y la lluvia le golpeaba el rostro y batía su capa y revolvía las crines de Fortuna mientras se alejaban de la fortaleza rumbo al mar. Al llegar al bosque se giró sobre la silla para contemplar las llamas que se elevaban hacia la tormenta. Las torres eran ahora inmesas antorchas, lanzas incandescentes que arañaban el cielo gris. Más allá, donde le río arrastraba los cadáveres de quienes quisieron resistir, una masa oscura se movía con implacable lentitud por sus campos: miles de figuras sombrías bajo estandartes rojos.
"Algún día regresaré"-pensó Hewegne con amargura, y luego se dio la vuelta y se internó en la floresta.
Capítulo VIII-Parte II-El Poema de ls Cuervos- By me.
Su rostro quedó roto de repente.
Había comenzado a llover. Las gotas caían pequeñas y punzantes, y quedaban atrapadas en sus cabellos y le bajaban por la cara como las lágrimas que ella no se había atrevido a derramar.
- Señora, debemos partir.
No había oído llegar a Hendrik. Al girarse vio al caballero con la armadura ensagrentada. Una herida en el hombro había teñido de rojo la parte superior de la sobrevesta blanca de Darkhall, y el visor levantado del yelmo dejaba al descubierto la aflicción y el cansancio en el semblante duro del anciano. Olía a sangre, a humo y a muerte.
-Sí. sí, claro- aceptó ella. "Pronto estarán aquí"- . Que Edrhin y Tuomas ensillen los caballos.
-Ya lo han hecho. Vayámonos.
Hewegne se levantó y se sacudió del vestido la hojarasca. Aún a su edad, Hendrik le sacaba más de una cabeza.
- Que los dioses me perdonen...- masculló. "No hay otra opción"-. Prendedle fuego a todo.
-¿Qué?
-Ya lo habéis oído.
- Pero,mi señora... La casa de vuestros padres...
"De mis padres, sí, y de William."
- He dicho que le prendáis fuego. Si los orkhdianos quieren el Norte, que se alimenten de cenizas. Jamás gobernarán en Darkhall. Quiero ver arder este lugar.
- Como ordenéis- aceptó apesadumbrado el caballero-.
El viento se levantó en el este, y la lluvia le golpeaba el rostro y batía su capa y revolvía las crines de Fortuna mientras se alejaban de la fortaleza rumbo al mar. Al llegar al bosque se giró sobre la silla para contemplar las llamas que se elevaban hacia la tormenta. Las torres eran ahora inmesas antorchas, lanzas incandescentes que arañaban el cielo gris. Más allá, donde le río arrastraba los cadáveres de quienes quisieron resistir, una masa oscura se movía con implacable lentitud por sus campos: miles de figuras sombrías bajo estandartes rojos.
"Algún día regresaré"-pensó Hewegne con amargura, y luego se dio la vuelta y se internó en la floresta.
Capítulo VIII-Parte II-El Poema de ls Cuervos- By me.
jueves, 10 de junio de 2010
Hederalkar
Soy el corazón de un hombre muerto. Soy la brisa que silba entre las ruinas del último imperio. Soy la sombra del Sol. Soy un jirón de la útima bandera.
lunes, 7 de junio de 2010
RAVENLAND
Un murmullo apagado se arrastra por el suelo frío y sube reptando por las esquinas, aliado siniestro de la niebla y la escarcha. Es la voz de la noche, el anuncio de la oscuridad, de la agobiante proximidad del mar sin orillas que se abre ante ti. Y sin embargo no huyes. Permaneces en pie. Ese sonido te acaricia, te envuelve, te abraza y te eleva y te hace más ligero y más libre. A un lado y al otro miras y sólo ves alas. Alas negras. Tus brazos ya no son brazos, y todo tu cuerpo renace ahora, más ágil y más joven. Alzas el vuelo sobre el mundo en calma. Gritas; gritas de forma frenética, histérica, espasmódica, y de tu boca salen graznidos que rompen la noche, y ya no se oyen murmullos. Las tinieblas besan tu cuerpo cuando penetras en la inmensidad del cielo helado. Oyes tu propia voz en tu cabeza. Es la noche del cuervo.
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