viernes, 21 de mayo de 2010
viernes, 14 de mayo de 2010
Cuando la muerte canta
La melancolía se arropó, temerosa de la noche que se avecinaba, y el miedo cabalgó las nubes, levantando estandartes de niebla. La lluvia acarició a la muerte, y sobre la hierba verde y sobre la tierra húmeda lloraron la esperanza y la paz. La alegría agonizaba en un charco de su propia sangre, y la luz abandonó los bosques grises que coronaban el horizonte. Una voz susurró "es el fin". Alzaron el vuelo los cuervos, alas negras en la negra oscuridad, y el último de los Hombres cayó de rodillas.
"Es el fin", musitó el viento, y el dolor se elevó sobre los mares, y en los ríos y en los montes y junto a las hogueras la rabia se irguió. Murió la piedad, asesinada mientras dormía, y las olas arrastraron su cadáver hacia playas lejanas. "Es el fin", se puedo escuchar un poco más alto. La luz regresó, y a su paso la vida se rindió.
Hoy terminó la era del Hombre. Hoy es el día del fuego nuclear.
"Es el fin", musitó el viento, y el dolor se elevó sobre los mares, y en los ríos y en los montes y junto a las hogueras la rabia se irguió. Murió la piedad, asesinada mientras dormía, y las olas arrastraron su cadáver hacia playas lejanas. "Es el fin", se puedo escuchar un poco más alto. La luz regresó, y a su paso la vida se rindió.
Hoy terminó la era del Hombre. Hoy es el día del fuego nuclear.
sábado, 24 de abril de 2010
De la imposición de la democracia
El último estallido le había dejado aturdido... Por la cara le bajaba algo caliente...líquido... ¿sangre?¿su sangre?
Trató de respirar.
Le faltaba el aire... Buscó tientas el rifle. Tanteó, sordo, casi ciego... al fin aferró algo, y casi sin pensar disparó. Disparó sin ver, a la oscuridad, al frente, al cielo... Le faltaba el aire.
Otra explosión.
La luz llenó sus ojos, y la sangre. Luego comenzó a vislumbrar formas en la calle... hombres corriendo, hombres disparando, hombres muertos... sus compañeros muertos.
De súbito, gritos, voces llamando en un idioma que no entendía, y otras que sí reconocía, de rabia y miedo.
Trató de pedir ayuda... La sangre le bajaba por la garganta y le inundaba los pulmones. Su voz quedó ahogada...
Dos semanas después, al otro lado del Atlántico, una madre recibió una bandera y una medalla. Dios bendiga América.
Trató de respirar.
Le faltaba el aire... Buscó tientas el rifle. Tanteó, sordo, casi ciego... al fin aferró algo, y casi sin pensar disparó. Disparó sin ver, a la oscuridad, al frente, al cielo... Le faltaba el aire.
Otra explosión.
La luz llenó sus ojos, y la sangre. Luego comenzó a vislumbrar formas en la calle... hombres corriendo, hombres disparando, hombres muertos... sus compañeros muertos.
De súbito, gritos, voces llamando en un idioma que no entendía, y otras que sí reconocía, de rabia y miedo.
Trató de pedir ayuda... La sangre le bajaba por la garganta y le inundaba los pulmones. Su voz quedó ahogada...
Dos semanas después, al otro lado del Atlántico, una madre recibió una bandera y una medalla. Dios bendiga América.
miércoles, 14 de abril de 2010
EL AMOR DE LA IGLESIA
Las llamas lamieron su piel, lenguas insaciables, largas cintas brillantes hambrientas de vida. Miedo. No, más bien pánico... o terror. Sí, algo parecido a aquello fue lo que sintió cuando el fuego acarició sus pies, todo mezclado con un dolor lacerante que no cesaba... Rezó; o trató de hacerlo. De sus labios temblorosos, mezclada con chillidos histéricos y aullidos desgarrados, salió a trompicones una plegaria. Oró al Dios cuya sentencia la condenaba, y por encima del chisporroteo de la hoguera al abrasar la propia carne y por encima del clamor de la lluvia elevó sus palabras, una tras otra, entecortadas y avivadas por la deseperación más absoluta.
Un sacerdote se santiguaba y murmuraba sus propias palabras, pidiendo por la alma maldita de la bruja condenada. El gobernador atendía impasible a la escena mientras su mujer se tapaba los ojos para no mirar y se llevaba al pecho las manos. Hombres y mujeres contemplaban el trabajo purificador de la llamas.
...
"Esto- dijo alguien- es piedad"
Un sacerdote se santiguaba y murmuraba sus propias palabras, pidiendo por la alma maldita de la bruja condenada. El gobernador atendía impasible a la escena mientras su mujer se tapaba los ojos para no mirar y se llevaba al pecho las manos. Hombres y mujeres contemplaban el trabajo purificador de la llamas.
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"Esto- dijo alguien- es piedad"
miércoles, 31 de marzo de 2010
La partida de Brând
"El caballero se detuvo en medio del Gran Salón y se dio la vuelta. Allí, ante él, junto al fuego del hogar, vio a su mujer y a sus hijas sollozantes, y vio a su hijo, que había nacido hacía apenas una semana. Se quedó inmóvil, de pie en su armadura reluciente, y luego una palabra acudió a sus labios; una palabra, ligera como pluma al viento, y más dura sin embargo que cualquier batalla. "Adiós"
Se dio la vuelta y caminó hacía las puertas, levantando a cada paso ecos metálicos en el suelo de mármol.
Después se oyeron en el exterior sonidos de acero y órdenes bruscas dadas a gritos, y los cuernos clamaron anunciando la partida de los hombres que marchaban a la guerra bajo los estandartes del Norte. La luz del alba gris, pálida y fría, se colaba por las ventanas altas, y el clamor fue perdiéndose en la lejanía hasta que en la inmensa sala sólo se oía, como un murmullo tranquilo, la respiración del niño durmiendo.
Todo estaba tan, tan oscuro..."
Capítulo I- Parte II- El poema de los Cuervos-By me
Se dio la vuelta y caminó hacía las puertas, levantando a cada paso ecos metálicos en el suelo de mármol.
Después se oyeron en el exterior sonidos de acero y órdenes bruscas dadas a gritos, y los cuernos clamaron anunciando la partida de los hombres que marchaban a la guerra bajo los estandartes del Norte. La luz del alba gris, pálida y fría, se colaba por las ventanas altas, y el clamor fue perdiéndose en la lejanía hasta que en la inmensa sala sólo se oía, como un murmullo tranquilo, la respiración del niño durmiendo.
Todo estaba tan, tan oscuro..."
Capítulo I- Parte II- El poema de los Cuervos-By me
lunes, 29 de marzo de 2010
ONÍRICUS
Aliento de fuego...
¿Quién fue el temerario que se atrevió a afirmar que los cuentos de hadas se hallan fuera de la realidad, que todo aquello que no es capaz de palpar no existe?
Cuando, asaltado por poderosas imágenes de reinos rotos y hombres sin corazón, de lunas oscuras y mares sin orillas, de bosques que susurran y seres que habitan en la floresta, mi mente pare entre sollozos sobre el blanco de un papel, no hay nada ni nadie que me pueda hacer creer que todo ello no es más real que aquello que ante mí se alza bajo la luz del sol de mediodía.
Pueden irse al cuerno quienes tachen a mis hijos de no existir, de ser meros fantasmas estéticos...
Pues en verdad viven en mí hombres como Balem de Othdern, señor de Eribdland; Trevor de Halling; Erkel Feirith; Edward Vâer, duque de Doroheim, descendiente del último gran señor de las estepas antes de la caída de Orkhd...y tantos otros.
En verdad en mi mente se dibujan las costas brumosas de Thinar, o las silueta de los Riscos Blancos en la puesta de sol, o los bastiones de Brând, la fortaleza inconquistable, último reducto de un Norte noble y anciano.
Y al verterlos en las páginas, en cada una de las palabras entrelazadas, en los poemas y relatos, en los cuadros surgidos del recuerdo romántico de un mundo muerto, aquellos seres y lugares que agonizaban en los recovecos de mi cabeza cobran vida, y ya no son fantasía ni evasión ninguna.
Ayer comprendí a Bécquer. Ayer comprendí a Bécquer y me sentí pequeño...
¿Quién fue el temerario que se atrevió a afirmar que los cuentos de hadas se hallan fuera de la realidad, que todo aquello que no es capaz de palpar no existe?
Cuando, asaltado por poderosas imágenes de reinos rotos y hombres sin corazón, de lunas oscuras y mares sin orillas, de bosques que susurran y seres que habitan en la floresta, mi mente pare entre sollozos sobre el blanco de un papel, no hay nada ni nadie que me pueda hacer creer que todo ello no es más real que aquello que ante mí se alza bajo la luz del sol de mediodía.
Pueden irse al cuerno quienes tachen a mis hijos de no existir, de ser meros fantasmas estéticos...
Pues en verdad viven en mí hombres como Balem de Othdern, señor de Eribdland; Trevor de Halling; Erkel Feirith; Edward Vâer, duque de Doroheim, descendiente del último gran señor de las estepas antes de la caída de Orkhd...y tantos otros.
En verdad en mi mente se dibujan las costas brumosas de Thinar, o las silueta de los Riscos Blancos en la puesta de sol, o los bastiones de Brând, la fortaleza inconquistable, último reducto de un Norte noble y anciano.
Y al verterlos en las páginas, en cada una de las palabras entrelazadas, en los poemas y relatos, en los cuadros surgidos del recuerdo romántico de un mundo muerto, aquellos seres y lugares que agonizaban en los recovecos de mi cabeza cobran vida, y ya no son fantasía ni evasión ninguna.
Ayer comprendí a Bécquer. Ayer comprendí a Bécquer y me sentí pequeño...
viernes, 19 de marzo de 2010
La cabalgada de las Valkirias
Lobos. Viento del Norte. Susurros. El bosque entona una melodía secreta hacia las nubes oscuras que pueblan el cielo gris de la aurora. Olor a sangre. Lobos. Un aullido. Lobos. Un repentino fulgor, como un destello asesino rompiendo el día. Fuego. Lobos. Sonido de acero contra acero, cuero contra piedra. Hombres. Hierro. Muerte. Lobos. Las hojas caídas, manto muerto del bosque sombrío, crujen bajo los pies de los guerreros. El amanecer pinta de rojo el paisaje. Olor a sangre. Lobos. No hay perdón. No hay gloria en la batalla bajo las copas de los pinos. Sólo muerte, y aullidos. Fuego devorándolo todo, confundidas las llamas con el relucir del Sol. Susurros ensordecedores. Gritos callados. Muerte. Lobos.
Que los dioses acojan en su seno a los caídos en este día aciago.
Que los dioses acojan en su seno a los caídos en este día aciago.
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